Jaiku del mes

ISSA

De no estar tú,
demasiado enorme
sería el bosque

kimi nakute
makoto ni tadai no
kodachi kana

lunes, 5 de noviembre de 2012

Una mujer coge un taxi. Conduce otra mujer. Las dos saben que en la gran ciudad no se van a volver a encontrar nunca, y se hacen mutuamente una oscura confesión. Ambas saben que no habrá consecuencias.




En nuestro día a día a veces nos cuesta hablar de lo profundo con nuestros allegados. Sí, hablamos de cosas importantes, por ejemplo, de como estamos ahora, pero no se hurga, por ejemplo, en el agrio recuerdo de cómo éramos y soñábamos ser al principio, y lo que esto  desencadena. A menudo, aquello que nos quita el sueño esta   atrapado en nuestras rígidas redes interiores. Pero ¿y si  escapa? ¿Y si trepase hasta la garganta? Allí se acomodaría,  impasible,  frenando  nuestra  respiración.  

Quizá la  religión hacía un papel social, porque ¿dónde iba a ir una mujer que residía en un pueblo a  descargarse  de algo así si no al confesionario? ¿Al bar? ¿A una vecina? ¿A sus familiares? Quizá ni el cura de su propio pueblo le inspirase confianza, pero sí uno de los tantos que habría en  la gran ciudad cercana. El cura anónimo era entonces  como el psicólogo ahora, alguien que no te conoce de antes y que te escucha porque es su profesión. Pero a veces se necesita el estar de igual a igual. A veces se trata de compartir.

Un perfecto desconocido al que no volverás a ver, te une  un instante  de confianza transparente, y  trágica. Por eso, dos personas en un momento pueden intimar más que otras en toda su vida. Se confían en un instante su debilidad, su secreto más blando y frágil, más íntimo y vulnerable, dotando de suavidad y redondez  a lo áspero y picudo según lo verbalizan. Y cada uno sabe que su secreto está a buen recaudo, que quedará en el recuerdo de ambos como un instante irreal, como un sueño.
Porque aunque se han intercambiado  mutuamente  las llaves, saben que nunca  volverán  a encontrar la otra puerta.

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